Siempre ha sido lo mismo

Siempre ha sido igual
Por: José A. Fornaris, Cuba-Verdad

 

LA HABANA, Cuba, marzo (www.cubanet.org) – Durante años, alguna que otravez, se ha escuchado decir en Cuba que Fidel Castro es genial. Más allá de nuestras fronteras muchos han opinado lo mismo. Ese punto de vista llama la atención, y no debería ser así, porque eso mismo dijeron algunos de Stalin, Kim Il Sung, Mao Zedong y de todos los rancios representantes de la izquierda ortodoxa en el poder.

En otras épocas, siervos y vasallos también calificaron a sus señores de geniales, lo que no resulta nada extraño, y no porque la psicología humana funcione de tal o cual manera de acuerdo al medio en que le ha tocado a cada cual existir, sino porque hay genios para lo malo.

Pero cuando, por ejemplo, ponen al mismo nivel a Castro y José Martí, como hizo hace unos días un agente de la policía política en una entrevista en la página digital Kaosenlared, el asunto tiene un matiz muy diferente, porque Martí era bueno.

Y entonces las interrogantes son obligatorias: ¿En qué lugar de la geografía cubana puede ser observada la genialidad del ex gobernante? Y si no está en ese entorno, ¿en qué punto del tejido social es posible encontrarla?

En los últimos cincuenta años la gente ha escapado por millones de la isla y hoy continua el éxodo permanente. La economía padece de raquitismo crónico. La corrupción ha sentado campamento en todos los estratos sociales, la familia está severamente dañada y a veces se llega a pensar que todos los pilares de la nación van a colapsar.

Si alguien está en el poder de forma vitalicia, y se hace imposible criticar o analizar su gestión, y encima de eso hay una caterva de individuo con todos los medios a su disposición, ensalzando o haciendo loas a todo lo que esa persona haga o diga, entonces no es raro, ni casual, que en algún momento le den el diploma de político genial.

También la práctica ayuda a dar una imagen de infalibilidad. Un mecánico, tras veinte o treinta años realizando la misma labor, puede determinar las “dolencias” de un motor de combustión interna con sólo escuchar su sonido, o ver el color del humo de la combustión.

La práctica es una cosa, la grandeza de los seres humanos es algo distinto. “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”, aseveró José Martí. Al parecer, Castro y sus aduladores quieren hacernos creer que él es ese grano de maíz.

De todas formas, la obra que dejan los hombres es el pasaporte a la inmortalidad de los buenos, o al club selecto de los que han realizado algún notable aporte al mejoramiento de la humanidad, de sus contemporáneos o de sus compatriotas en particular. En Cuba hay más ruinas que cualquier otra cosa.

 

 

 

 

 

 

 

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