LA VIUDA Y SU CRÍA

LA VIUDA Y SU CRÍA
Por, Esteban Fernández.
Enero 18, 2015

A cada rato surgen rumores sobre la muerte del tirano. Después son desmentidos. Pero, desde luego, llegará el día en la noticia sea confirmada. A Fidel Castro (ya se va descubriendo ese sacrilegio) lo enterrarán muy cerca de la tumba de José Marti. Y lo interesante para mí será ¿en que rincón oscuro de la nación, o del extranjero, echarán como unos bultos a Dalia Soto y a sus retoños?

Porque desde hace rato el poder en la Isla está en las manos de las personas que más ella ha despreciado, ignorado y alejado de sus predios y de los de su marido e hijos. Ahí hay un mal de fondo que le traquetea. Pero están, a duras penas, capeando el temporal mientras el monstruo respire.

Para comenzar vamos a estar muy claros en algo: los Castro son gente chusma, sin finura de ninguna clase, cominera, chanchullera y guaricandilla. En realidad nunca han pasado de ser unos “guajiros ñongos”. Por lo tanto, no toda la culpa es de la bruja porque antes de que apareciera Dalia Soto del Valle en la escena ya los Castro se llevaban muy mal. Las primeras broncas públicas las dio Pedro Emilio el hijo mayor de Ángel Castro con su esposa legítima contra los hijos de la criada Lina en un programa radial echándoles con el rayo a la plebe castrista llamado: “Los Castro de Birán”.

Si bien Raúl, por ser un renacuajo carente totalmente de carisma, siguió políticamente a Fidel al Moncada, al Granma, a la loma y a la tiranía, socialmente nunca se han llevado bien ni han compartido nada.

Dalia solamente tuvo que azuzar la candela entre los que siempre fueron una olla de grillos y le fue muy sencillo mantener y acrecentar la distancia entre las dos familias. Es más, los hijos de Raúl (al igual que el pueblo cubano) ni sabían que el tío tenía una esposa e hijos y desconocían su paradero.

Al mantener los medios hermanos el hermetismo y el absurdo misterio familiar los descendientes no confraternizaban. A veces ni por fotos se reconocían. Y Dalia llevaba en su alma un profundo resentimiento contra todos los que llevaran el apellido Espín motivado en sus inicios por el injustificado capricho de su marido de mantener públicamente a Vilma como “primera figura femenina” de la nación. Ella no pudo comprender por qué hasta después del divorcio con Raúl siguió ocupando ese cargo honorario. Que se sepa jamás Dalia y Vilma sostuvieron una sola conversación cordial.

La educación de los hijos fue diametralmente distinta y opuesta. Mientras Raúl se ocupó de que su heredero fuera un esbirro, Dalia (porque a Fidel Castro no le interesaba la crianza de sus hijos para nada) logró convertir a sus muchachos en unos chulampines malcriados.

Dalia estaba tranquila y segura de la superioridad de su marido por encima de su cuñado. A Raúl y sus vástagos los veía y los trataba como unos peleles sirvientes de Fidel Castro. En eso tuvo la razón, pero donde se equivocó fue en creer que Fidel Castro era un toro inmortal y eterno.

Jamás a un cumpleaños de Alex, de Alexis, de Ángel, de Antonio y del resto del clan Castro-Soto fueron invitados Alejandro, ni Deborah ni Mariela. Fue tan grande el distanciamiento que cuentan que en Varadero Antonio comenzó a fajarle a una muchacha y los guardaespaldas tuvieron que informarle que “¡Oye, Tony, ni te lances que esa es la nieta de tu tío!”

Y quién les dice a ustedes que se ha comenzado a virar la tortilla. Y digo “comenzado” porque todavía no se ha muerto el esperpento. ¿Qué sucederá después de presentar compungidos a Dalia y sus herederos en el sepelio de la bestia en Santa Ifigenia?

Quizás Raúl, por mantener la falacia de que es “un tipo muy familiar”, se haga el “chivo loco” por un rato, les tire una toalla y los deje pernoctar por varios meses en alguna mansión del bunker de Jaimanitas. Pero cuando el poder lo asuma el envidioso, rencoroso, acomplejado, Alejandro Castro Espín, quien tiene un odio acumulado contra los “Soto del Valle”, va a sacar a sus primos a su tía política a patadas de Punto Cero y hasta del país. Si fueran vivos ya debían adquirir sus turbantes y comprar una residencia en Bora Bora o en París en uno de los barrios islámicos donde ni la policía entra porque en Florida ni Max Lesnik les va a dar albergue.

 

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